El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano El Aceite y las
Vasijas
NO. 1467A
Un sermón escrito en Mentone, Francia
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.
"Cuando las vasijas estuvieron llenas, dijo a un hijo suyo: Tráeme aún
otras vasijas. Y él dijo: No hay más vasijas. Entonces cesó el aceite." 2
Reyes 4: 6. |

Sermones |
En
tanto que hubo vasijas que llenar, el milagroso chorro de aceite continuó, y
sólo cesó cuando ya no hubo más cántaros que lo recibieran. El profeta no
pronunció una sola palabra para detener el proceso multiplicador, y el Señor no
puso ningún límite al prodigio de abundancia. La pobre viuda no se vio
restringida en Dios, sino en su provisión de tinajas vacías. Ninguna otra cosa
en el universo redujo el flujo del aceite. Sólo la ausencia de recipientes para
guardar el aceite, detuvo el flujo al instante. Las vasijas escasearon primero
que el aceite; nuestros poderes receptores se agotarán primero que el poder
proveedor de Dios.
Esto es cierto en referencia a NUESTRAS
CIRCUNSTANCIAS PROVIDENCIALES. En tanto que tengamos necesidades, tendremos
provisiones, y encontraremos que nuestras necesidades se agotan mucho antes que
la liberalidad divina. En el desierto caía más maná del que las tribus podían
comer, y corría más agua de la que los ejércitos podían beber, y mientras
estuvieron en tierra desértica y requirieron de esta provisión, se les otorgó de
continuo. Cuando llegaron a Canaán y se alimentaron del fruto de la tierra, las
provisiones especiales cesaron, pero sólo hasta ese momento. De la misma manera,
también, el Señor alimentará a Su pueblo hasta que no lo necesite más.
La aparente fuente de suministro de la viuda, era tan sólo una vasija de
aceite, que permaneció derramando en abundancia mientras se ponía una vasija
tras otra debajo de ella. De la misma manera, lo poco que el Señor otorga a Su
pobre pueblo, continuará proveyendo lo suficiente día con día, hasta que el
último día de vida, como la última vasija, haya sido llenado. Algunos no se
contentan con esto, sino que quisieran que el aceite abundara más allá de la
última vasija, aun después de su muerte, no descansando nunca hasta haber
atesorado sus miles, y haber enterrado sus corazones en medio de polvo de oro.
Si el aceite corre hasta que la última tinaja esté llena, ¿qué más necesitamos?
Si la providencia nos garantiza alimento y vestido hasta que acabemos nuestra
vida mortal, ¿qué más podríamos requerir?
Sin duda, en la dispensación de
riqueza y de otros talentos a Su siervos, el Señor considera sus capacidades. Si
tuvieran más vasijas, tendrían más aceite. El Dios infinitamente sabio, sabe que
es mejor que algunos hombres sean pobres y no ricos; no podrían soportar la
prosperidad, y por eso el aceite no fluye, porque no hay una vasija que llenar.
Si somos capaces de recibir un don terrenal, entonces será algo bueno para
nosotros, y el Señor ha declarado que no negará ningún bien a aquellos que
caminen rectamente; pero un talento que no pudiéramos recibir para un uso
adecuado, sólo sería una maldición para nosotros, y por ello, el Señor no nos
abruma con eso. Tendremos todo lo que podamos absorber: todo lo que realmente
necesitamos, todo lo que vayamos a emplear con seguridad para Su gloria, todo lo
que ministre para nuestro más elevado bien, Dios lo verterá de Su plenitud
inextinguible, y sólo cuando ve que los dones serían desperdiciados al
convertirse en superfluidades, o en responsabilidades abrumadoras, o en
ocasiones de tentación, Él restringirá Su poder, y el aceite cesará. Puedes
estar seguro que la munificencia de Dios se mantendrá a la par de tu verdadera
capacidad, y "te apacentarás de la verdad."
El mismo principio es válido
en relación AL CONFERIMIENTO DE LA GRACIA SALVADORA. En una congregación, el
Evangelio es como la vasija de aceite, y quienes reciben de ella son almas
necesitadas, deseosas de la gracia de Dios. Contamos siempre con muy pocas de
estas personas en nuestras asambleas. Muchas son las vasijas de aceite, rellenas
hasta el borde e inamovibles: el fariseo saciado, el profesante satisfecho
consigo mismo, y el mundano arrogante son así: para estos, el milagro de la
gracia no tiene un poder multiplicador, pues están listos a derramarse en
cualquier momento. Un Cristo lleno es para pecadores vacíos, y únicamente para
pecadores vacíos, y en tanto que haya una alma realmente vacía en una
congregación, siempre saldrá una bendición con la palabra, y no más. No es
nuestro vacío, sino nuestra plenitud, lo que puede obstaculizar las salidas de
la gracia inmerecida. Mientras haya un alma consciente de pecado y ávida de
perdón, la gracia manará; sí, mientras haya un corazón cansado de la
indiferencia y ansioso de ser herido, la gracia brotará.
Alguno dirá: "yo
me siento completamente inepto para ser salvado." Tú estás evidentemente vacío,
y, por tanto, hay espacio en ti, para el aceite de la gracia. "Ay," clama otro,
"yo no siento absolutamente nada. Incluso mi propia ineptitud me deja
impasible." Esto únicamente muestra cuán enteramente vacío estás, y en ti
también, el aceite encontrará espacio para su fluir. "Ah," suspira un tercero,
"me he vuelto escéptico, la incredulidad me ha endurecido como una solera de un
molino." En ti también hay gran capacidad de almacenamiento para la gracia. Sólo
estén dispuestos a recibir. Permanezcan como una vasija de aceite con su boca
abierta, esperando que el aceite sea derramado del recipiente milagroso. Si el
Señor ha puesto en ti el deseo de recibir, no tardará mucho en darte gracia
sobre gracia.
¡Oh, que nos pudiéramos encontrar con más almas vacías!
¿Por qué habrían de interrumpirse los prodigios del Señor por falta de personas
que necesitan que esas maravillas sean obradas en ellas? ¿No hay almas
necesitadas a nuestro alrededor? ¿Acaso todos los hombres se han vuelto ricos, o
es sólo una vana presunción que se apodera de muchos corazones? Hay almas
verdaderamente vacías, escondidas en rincones donde lloran hasta agotar todas
sus lágrimas y quedarse sin llanto, y tratan de quebrantar sus corazones
inquebrantables, y claman delante del Señor porque sienten que no pueden orar, o
sienten y odian el pecado; escondidas en los rincones, digo, hay almas
verdaderamente vacías, y para ellas el aceite celestial está manando todavía,
está manando ahora. "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán saciados." No se objetó a ninguna vasija en nuestra
narración, en tanto que estuviera vacía; sólo había un requisito, y únicamente
uno: que pudieran ser llenadas debido a que estaban vacías. Vengan, entonces,
almas necesitadas, acudan a la fuente eterna y reciban abundantes bendiciones,
otorgadas inmerecidamente, simplemente porque las necesitan, y porque el Señor
Jesús se agrada en otorgarlas.
Lo mismo es válido con relación a OTRAS
BENDICONES ESPIRITUALES. En nuestro Señor Jesús habita toda plenitud, y, puesto
que no necesita gracia para Sí, está almacenada en Él para brindarla a los
creyentes. Los santos confiesan a una voz: "De su plenitud tomamos todos, y
gracia sobre gracia." El límite de Su efusión es nuestra capacidad de recibir, y
ese límite con frecuencia está reducido por nuestras estrechas oraciones: "No
tenemos lo que deseamos, porque no pedimos, o porque pedimos mal." Si nuestros
deseos estuvieran expandidos, nuestras raciones serían mayor tamaño. Dejamos de
traer vasijas vacías, y por tanto, el aceite cesa. No vemos suficientemente
nuestra pobreza, y por tanto, no estiramos nuestros anhelos. Oh, que tuviéramos
un corazón insaciable para Cristo, una alma más codiciosa que la tumba misma,
que no conoce la saciedad: entonces correrían ríos del aceite celestial hacia
nosotros, y estaríamos llenos con la plenitud de Dios.
Con frecuencia
nuestra incredulidad limita al Santo de Israel. Nada obstaculiza tanto la
gracia, como este vicio empobrecedor. "No hizo allí muchos milagros, a causa de
la incredulidad de ellos." La incredulidad declara que es imposible que salga
más aceite de la vasija, y por tanto, se niega a traer más vasijas bajo pretexto
de tenerle un miedo humilde a la presunción, robando así al alma y deshonrando
al Señor. ¡Qué vergüenza, madre del hambre, que secas las fuentes brotantes!
¡Qué habremos de hacer contigo, traidor mentiroso! ¿Qué carbones de enebro serán
lo suficientemente voraces para ti, incredulidad perversa? Lamentamos que
nuestro gozo haya partido, que nuestras gracias languidezcan, que nuestra
utilidad esté restringida. ¿De quién es la culpa de todo esto? ¿Se ha acortado
el Espíritu de Jehová? ¿Son estas Sus acciones? No, en verdad, nosotros mismos
hemos tapado las botellas del cielo. Que la infinita misericordia nos salve de
nosotros mismos, y nos induzca a traer ahora "Vasijas vacías, no pocas."
El orgullo tiene también un horrible poder para cortar el suministro del
aceite divinamente provisto. Cuando estamos de rodillas, no sentimos ninguna
necesidad apremiante, ninguna escasez urgente, ningún peligro especial. Al
contrario, nos sentimos ricos y con abundancia de bienes, y no necesitamos nada.
¿Nos sorprende, entonces, que no seamos refrescados y no sintamos deleite en los
santos ejercicios? ¿No hemos oído decir al Señor: "Tráeme aún otras vasijas"? Y
como hemos respondido: "No hay más vasijas," ¿debería sorprendernos que el
aceite cese? Que el Señor nos libre de la influencia abrasadora de la
arrogancia. Convertirá a un Edén en un desierto. La pobreza del alma conduce a
la plenitud, pero la seguridad carnal crea infecundidad. El Espíritu Santo se
deleita en consolar a todo corazón hambriento, pero el alma llena desprecia el
panal de Sus consuelos, y es abandonada a sí misma hasta que se está muriendo de
hambre y clama pidiendo el pan celestial. Estemos seguros de esto, que hay
abundancia de gracia que puede ser obtenida en tanto que tengamos hambre y sed
de ella, y jamás un solo corazón dispuesto será forzado a clamar: "el aceite ha
cesado," mientras traiga una vasija vacía.
La misma verdad será
demostrada en referencia a LOS PROPÓSITOS DE GRACIA EN EL MUNDO. La plenitud de
la gracia divina corresponderá a cada requerimiento de ella hasta el final de
los tiempos. Los hombres no serán salvados jamás aparte de la expiación de
nuestro Señor Jesús, pero el precio del rescate nunca será considerado
insuficiente para redimir a las almas que confían en el Redentor.
"Amado Cordero agonizante, Tu sangre preciosa
No perderá
nunca su poder,
Hasta que toda la iglesia rescatada por Dios
Sea salvada
para no pecar más."
Tampoco Su intercesión a favor de aquellos que
vienen a Dios por Él, dejará de prevalecer. Hasta la última hora en el tiempo,
no se dirá nunca que un solo pecador buscó Su rostro en vano, o que al final fue
encontrada una vasija vacía porque Jesús no pudo llenarla.
El poder del
Espíritu Santo para convencer de pecado, para convertir, consolar y santificar,
permanecerá siendo el mismo hasta el fin de la edad. No se encontrará nunca un
penitente que llore, que no sea alentado por Él con una esperanza viva, y
conducido a Jesús para eterna salvación, ni se encontrará a ningún creyente que
luche que no sea guiado por Él a una victoria cierta y total. Él obrará al final
la perfección misma en todos los santos, dándonos una idoneidad para su santa
herencia de arriba. Ninguno de nosotros se abatirá cuando descubramos de nuevo
nuestra propia incapacidad y nuestra condición de muertos. Nuestra esperanza no
está basada nunca en un poder creado; una esperanza viva tiene su cimiento en la
omnipotencia del Espíritu Santo, que no está sujeta a cuestionamiento o cambio.
La sagrada Trinidad obrará conjuntamente para la salvación de todos los elegidos
hasta que todo sea cumplido.
Cualquier cosa que esté pendiente en lo
referente a los propósitos de Dios, Él tiene el poder de alcanzarla. Si está
frente a nosotros toda una fila de vasijas vacías, llevando los nombres de
Babilonia vencida, los judíos convertidos, las naciones evangelizadas, los
ídolos abolidos, y cosas semejantes, de ninguna manera debemos sentirnos
descorazonados, pues todas estas vasijas de la promesa serán llenadas a su
debido tiempo. La iglesia del presente día es débil, y sus provisiones son muy
inadecuadas para la empresa que le espera, sin embargo, así como muchas vasijas
fueron llenadas de un solo recipiente de aceite, aun siendo mucho más grandes
que él, así, por medio de Su pobre y despreciada iglesia, el Señor cumplirá sus
augustos designios y llenará el universo de alabanza, mediante la necedad de la
predicación. "No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido
daros el reino." Con esta garantía, los creyentes pueden salir valerosamente
entre los paganos. Las naciones son vasijas vacías, y no son pocas; Dios ha
bendecido nuestra tinaja de aceite, y todo lo que tenemos que hacer es verterla
y continuar vertiéndola hasta que no haya ninguna otra vasija. Estamos muy lejos
todavía de esa consumación. No todos son salvos en nuestras congregaciones;
incluso en nuestras familias, muchos no son convertidos. Por tanto, no podemos
decir: "No hay más vasijas," y, bendito sea Dios, no debemos sospechar tampoco
que cesará el aceite. Con entrega esperanzada traigamos las vasijas vacías
debajo del sagrado chorro, para que puedan ser llenadas.
¡Cuán gloriosa
será la consumación cuando todos los elegidos sean reunidos! Entonces ningún
alma que busque quedará sin ser salvada, ni ningún corazón que ore esperará ser
consolado, ni ninguna oveja descarriada tendrá que ser buscada. No se encontrará
ninguna vasija que necesite ser llenada a lo largo de todo el universo, y
entonces el aceite de la misericordia cesará de fluir, y la justicia tendrá sola
su juicio. Ay de los impíos en aquel día, pues entonces las vasijas vacías serán
rotas en pedazos; como no recibieron el aceite del amor, cada una de ellas será
llena del vino de la ira. Que la gracia infinita nos preserve a cada uno de
nosotros de esta terrible condenación. Amén.